5.30.2006

Cualquier semejanza...


Sólo le dijo una frase. “Soy un hombre solo y triste”, le dijo que le dijo. Él no se acordó.

- ¿Por qué habría de decirte una cosa así?
- Te sentirás así – le dijo ella. – Pero nunca más te emborraches conmigo –
- Ok. Te juro que no me acuerdo. –

Cuando se despertó, no recordaba nada. Como tantas veces, ya entrenado en amaneceres post-mortem, arrancó con la trabajosa tarea de recordar, de reconstruir imágenes, sonidos, que casi siempre se emprendía al mismo tiempo que encaraba un par de aspirinas y un sifón de soda fría. Después, buscaría por la casa alguna señal de vómito, algún desmán. Una silla rota. Un vaso reventado por el living, como esa vez que se despertó peor todavía, y cuando se dio cuenta tenía nueve astillas de vidrio clavadas en la planta del pie.
“Borracho de mierda”, dijo en voz alta. La ropa que llevaba la noche anterior seguía ahí, puesta. Menos el buzo. Recién notó esa falta cuando su novia se lo devolvió, al día siguiente. “Tenía frío y te lo saqué”, le dijo. El resto de la ropa estaba bien. Las zapatillas no parecían vomitadas, las botamangas tampoco. Buena señal. Apretó sus dientes, pero no estaban gomosos. No había vomitado: seguro que en lugar de aliviarle la tarea a su sistema digestivo, el muy borracho se durmió, el hígado había procesado litros de alcohol, y lo seguiría haciendo por días. El reverso de los ojos le dolía. No entendía cómo, pero le dolía. No pudo ver televisión hasta el lunes.
Siguió la reconstrucción, y empezaron a aparecer cosas. Sueltas, todas. Desordenadas. Helado, así se toma el moscatto. Cómo pega. Mi novia está en casa hace veinte minutos, me olvidé. Nos quedamos cortos de alcohol, ¿quién baja? La cena con amigos, en la casa de su primo. Seis cervezas. Fideos con salsa mixta. Se llama moscato. Mirá vos, pega como trompada. Mirá lo que traje. Apa. ¿Esto qué es? Algo distinto. Parece vino. “Nene, vos no estarás en pedo, no?” Te juro mi amor que estoy re bien.

Lo primero que hizo, cuando pudo pensar, fue llamarla.
- Sos un idiota, cómo pudiste hacerme algo así? Ponerte en pedo y decirme esas cosas? Sos un enfermo –
- Sí amor, pero..
- Pero nada.

Sus retos dolían más que la cabeza. ¿Seguiría ahí?

- Peeroo... no te enojes. No me acuerdo nada, en serio. No lo hice a propósito... eh, de verdad... Si yo te quiero, bichi, cómo voy a decirte eso.
- Anda a la mierda!-
- Este, qué te dije, exactamente...
- A la mierda, dije!
- Eso te dije?
- No, eso te digo yo!

Y cortó.

Se agarró la cabeza. El primo todavía estaba dormido, pero al séptimo timbrazo contestó el teléfono. “Cómo que te pusiste en pedo? Si para ponerte en pedo a vos hay que darte con etílico más o menos...” Momento. “¿Cómo estabas? Joya, si te fuiste de acá al pelo, ni tambaleabas.” Ah, no? “No, parecias sobrio.”

¿Qué pasaba, entonces? No entendía nada. O el moscatto le había pegado en unas pocas cuadras de caminata o ella lo había narcotizado con sólo mirarlo. ¿Cómo puede uno emborracharse de golpe? No puede. ¿O acaso todos estaban como él, y no lo notaron?

Cuando se sintió mejor, fue a buscarla. Finalmente, ella aflojó. Lo perdonó. No le contó nada de lo que él le dijo esa noche. Pero lo besó. Él nunca recordó.
Un mes más tarde, ella lo dejó.

4.15.2006

¿Cómo sobreviviremos?



Organización a corto plazo:
Nosotros creemos que lo principal seria buscar sobrevivientes en el área. Luego nos congregaríamos en algún lugar que nos pueda proveer de recursos para subsistir. Un lugar ideal seria un shopping como Unicenter o uno parecido ya que tiene grandes dimensiones para albergar a muchos sobrevivientes, si así fuera necesario. Otro aspecto muy útil del este tipo de shoppings es que normalmente tienen un supermercado, del cual sacar alimentos, además de todos los demás artículos útiles que se puedan sacar de los diferentes locales.
Una vez aprovisionados e instalados, seria conveniente organizarnos “como una sociedad civilizada con deseo de progresar y salir de su situación de supervivencia básica”.

Transcurridos 30 años:
Al retraerse la humanidad a espacios tan reducidos, los animales y plantas quienes no habían sido afectados por la radiación proliferaron todo alrededor del globo ocupando los espacios que antes eran dominio humano.
La humanidad había perdido su lugar como especie dominante en el planeta y ahora se ve forzada a luchar por el territorio. La tierra es un lugar hostil e implacable, la ley de la selva volvió a regir como en la prehistoria.
La humanidad ahora vivía en pequeñas ciudadelas establecidas en las shoppings, enfrentadas unas con otras por diferencias ideológicas, y aisladas del resto del mundo(sí es que aún había alguien en el resto del mundo) debido a la falta de medios de comunicación funcionales(toda maquinaria eléctrica había dejado de funcionar tras el cataclismo)
La sociedad estaba ahora organizada en 3 castas; unos encargados de matar animales para defender el territorio y como fuente de alimento. Está casta fue conformada por gente apta para alto desempeño físico, como atletas, deportistas, militares y otros que se ofrecieron voluntariamente. También estaban encargados de proteger la ciudadela contra saqueadores vecinos.
Otra casta estaba, compuesta por estudiantes y graduados en ciencias, medicina, etc. y estaban encargados de buscar y recobrar conocimiento, tecnología. También eran los médicos de la comunidad.
La casta restante estaba encargada del resto de las tareas dentro de la ciudadela, y estaba compuesta por gente que no era capaz de hacer ninguna de las otras tareas o simplemente prefería vivir dentro del resguardo de la ciudadela

3.27.2006

Un toque de atención para la solución argentina de los problemas argentinos
















Desventuras en el País Jardín-de-Infantes


Lo que sigue es una nota que allá por 1979 escribió la poeta y escritora María Elena Walsh, y que para sorpresa de todos, publicó el diario Clarín. La transcripción de la nota fue levantada del sitio web de la revista Nuestra América



Por María Elena Waslh




Desventuras en el País Jardín-de-Infantes







La escritora María Elena Walsh publicó en pleno año '79 un artículo en el suplemento cultural de Clarín que se transformó en un ejemplo de resistencia inteligente frente a la censura y las lsitas negras del proceso. Es sorprendente que Clarín la haya publicado, pero esos años también tenían estas cosas. Un editor que se jugaba por una nota y ese poquito de luz que todos agradecíamos.







Si alguien quisiera recitar el clásico "Como amado en el amante / uno en otro residía..." por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.

Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.

Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar "por esa única vez" los sublimes versos porque son de un poeta español.

Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.

El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.

El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en que necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.

Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.

Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.

La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.

El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.

Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o "desaconsejables". Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.

Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros qué éramos...?"

El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.

La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.

Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o "invitado"— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.

El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.

Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: "La inflación ha muerto" (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.

Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.

Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabernos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.

Es verdad que no toda censura procede "de arriba" sino que, insisto, es un antiguo deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo oficial favorece —como la humedad a los hongos— la proliferación de meritorios y culposos. Unos recortan y otros se achican. Y entre todos embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República.

Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.

No es ejemplo actual sino intemporal, digamos, el del taxista calvo que "fusilaría a los muchachos de pelo largo". El del culto librero que una vez, al pedirle un libro feminista, me reprochó: "Vamos, no va a ponerse a leer esas cosas..." ("Nena, eso no se toca.") O el del director de una sala que exigió a un distinguido coreógrafo que no incluyera "danza demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas". ("Nene, eso no se hace.")

Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético. Y si de aplacar la violencia se trata, ¿por qué no se retacean las series de TV o se sanciona a los conductores que nos convierten en virtuales víctimas y asesinos?

Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?

Aun la pornografía —que personalmente detesto, en especial la clandestina y la española— y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado un primer asalto de curiosidad, son naturalmente relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos. Y allí va a buscarlas el adulto cuando tiene ganas, así como va a sintonizar debates sobre temas vigentes durante el horario de protección al menor.

Se supone que, en cuanto el censor desaparezca, los primeros en aprovechar del recreo serán los descomedidos de siempre, que reflotarán una grosera contra-cultura. Pero a la larga resultarían relegados siempre que una debida promoción (que hoy tampoco existe) de los honestos los lleve a ocupar las posiciones más evidentes.

El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustamos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.

En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía... vicios poco recomendables para una familia.

En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna "lista" creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.

Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese "sentido de familia" que se nos quiere inculcar escolarmente... y con interminables avisos de vinos.

Ésta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.

Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: "No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada".

Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de "derechos humanos", era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.

Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.

Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.

La autora "está muy cansada", no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. Porque más que la imagen del país en el exterior le importa y duele el cuerpo de ese país por dentro.

Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, munidos de anticonceptivos mentales.

Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.

Clarín, 16 de agosto de 1979. [Reproducido en Desventuras en el País Jardín-de-Infantes, Buenos Aires: Sudamericana, 1993. 13-18. Versión digital preparada por Marina Herbst.]
© José Luis Gómez-Martínez



3.17.2006

St. Patricks Day - Borrachos del mundo, educaos!


No dejo de sorprenderme de todas las personas que me dicen que este año la fiesta de San Patricio en Buenos Aires (siempre celebrada en el barrio de Retiro) será seguramente una cagada porque se llenó de gente que no conoce el verdadero significado de la fiesta.

No creo que ni la mitad de las personas que me dijeron eso conozcan tampoco el "verdadero" significado de la fiesta en la Argentina.

Me remito a las experiencias que me transmitió una profesora de literatura inglesa que tuve, llamada Elizabeth Rush. Ella era de familia irlandesa, había sido criada bajo la cultura irlandesa y desde pequeña frecuentó las reuniones y encuentros de la magra comunidad en la Argentina.

Según recordaba, la fiesta de San Patricio era un encuentro de tooodos los irlandeses de la ciudad, y de cada ciudad, donde podían ir y encontrarse con irlandeses conocidos o conocer gente nueva de la colectividad. Imagino que hace muchos años esto era importante al momento de que los jóvenes encuentren pareja dentro del grupo étnico, así como mi abuela quiso enchufarle a mi madre todo tipo de "paisanos" españoles.

La fiesta se celebra como la conocemos desde hace muchos años, pero no tantos. Los movimientos de inmigrantes en distintos países de América dieron forma a esa cosa de salir de la oficina y meterse en los bares. Antes de eso, a comienzos de siglo, los irlandeses iban a misa y después a almorzar o a algún baile donde se encontraban con los suyos. Una excelente muestra de ello es un artículo de Edward Walsh llamado "St. Patricks Day, Buenos Aires, 1905".

En el artículo de Walsh no se habla del Kilkenny, ni the Down Town Matías (el primero, de 1975) ni del Druid Inn. Todos estos bares y sus estilos fueron algo posterior. ALgo que realmente ignoro es si durante las primeras décadas del 1900 hubo en la ciudad bares irlandeses. En caso de haberlo sería bueno saber qué tan frecuentados eran para estas fiestas.

¿Y su verdadero significado? Sí, claro. El único verdadero significado lo conocen y practican los irlandeses. El resto somos de palo, pero por eso no dejamos de aprovechar una buena excusa para divertirnos con amigos. Como el Oktoberfest, la vendimia, etc.

3.16.2006

Golpe de Estado, Golpe Feriado


Acaban de declarar feriado el 24 de marzo, lo que me hace pensar en muchas cosas. Antes que nada, en cómo haríamos si a cada fecha trágica donde murió gente por cuestiones políticas le damos un feriado. Deberían ser feriado el 19 y 20 de diciembre. El 10 de junio, por los fusilamientos de José León Suárez. Algún día simbólico de mayo por los muertos del Cordobazo que no sea el mismo que el Día del Trabajador. Por su parte, debería contarsele a la gente que el 1ro de mayo también es el Día de la Constitución Nacional, y debería ser recordado también por la masacre de Plaza Lorea llevada a cabo por Ramón Falcón ese mismo día del año 1909. En la tradición de la lucha obrera este día es el "Chicago" Argentino. Al caso, también habría que dar un feriado por los muertos en los enfrentamientos militares entre azules y colorados de 1962, por la masacre de Ezeiza, por la Masacre de Avellaneda (26 de junio), por los muertos en los enfrentamientos carapintadas, y así... Si bien el Golpe, EL golpe, debe ser recordado como la máxima expresión de las técnicas de represión que el pueblo, por débil, le ha permitido a los poderes militares e institucionales, también debería ser una jornada de máxima reflexión para toda la sociedad, sobre todo para quienes vivieron esa época siendo adultos y para los jóvenes que recién ahora asoman los ojos a los manuales de historia del secundario. Si por cada fecha trágica para el pueblo argentino hay que "decretar" un feriado, habría que laburar la mitad de los días del año.

El pueblo argentino ahora será el único pueblo que conmemorará de la misma forma (yendo a Mar del Plata o a Colonia, saliendo a bailar un día de semana, haciendo un sánguche de días laborales) el día en que se declaró independiente de toda dominación extrangera y el día en que cayó en manos de la dominación local.

En cambio, qué lindo sería si a cada fecha trágica para la dignidad nacional se le dedicara una jornada de reflexión en la que revaloricemo la lucha, la necesidad de la victoria de la justicia sobre la corrupción y de la libertad sobre la opresión.

Claro, para un gobierno peronista es más fácil darle un honomástico a los asesinos que un poco de atención a cada uno de los héroes anónimos.

Falta que Kirchner declare feriado el día en que Julio Argentino Roca marchó por la diagonal homónima llevando como trofeos a los indios muertos que había hecho marchar encadenados desde Santa Cruz, y mande pintar su monumento de amarillo, "para no olvidar".

¿Por qué no le cambian el nombre a la Avenida Roca y le ponen Pueblos Originarios?

¿Por qué no demuelen la quinta de Massera y en ese lugar levantan el Panteón de los Cobardes, y llevan allí los monumentos de Roca, de Falcón, de Justo, de Uriburu, de Onganía, de Lanusse, de Aramburu, de Levingston, de Videla, Massera, Viola, del hijo de puta de Alvear, etc, etc, etc...?

A los asesinos, ni una lágrima más. Condena social, y escombros de cada monumento y placa que los recuerdan.

A los héroes anónimos, revaloración. Un gran monumento a los caídos en la lucha por una vida digna, y en la Plaza Lórea o en la de Mayo. Es justo y necesario.

3.15.2006

Te encontré en Floresta...


Ayer sentí un capricho, y lo hice. Compré esa máquina de escribir que tanto me gusta, con las que escribíamos en la facultad cuando la sala de computadoras estaba saturada o muy lejos. Una Olivetti Lexikon 80, igualita (según un viejo dinosaurio de redacción) a la que usaron Rodolfo y Haroldo.

Oferté en Mercado Libre por una que en la foto parecía bastante entera. ¿El precio? Treinta (30) pesitos, nada más. La encontré en un bar, el Bar de Paco, un antro poolero metido al fondo de una casona de Avenida Nazca y Álvarez Jonte, en alguna parte entre Floresta y Villa Santa Rita.



El único detalle es que está trabada, pero está completa, bien pintadita, y sólo un poco abandonada. Ayer la estuve limpiando, y la mugre que salió fue más de la esperada. Estoy pensando en bautizarla, pero sólo cuando logre funcionar, no antes. Cuando vuelva a la vida le voy a dar un nombre, y ella me va a dar las mejores letras que estas manos puedan escribir.



3.13.2006

"Una vieja en la terraza"


A esta vieja la escraché desde mi balcón, varios pisos más arriba de su cabeza. No sospecha nada!

"Salida"



"La dama del Lago" y "El Discapacitado"








Escraches


Esta es la serie de fotos que voy armando de a poco, y que me encantaría llegar a exponer algún día. Son personas solas, ni más ni menos, escrachadas sin saberlo. "SALIDA", la foto que saqué en el subte, que presenté en el concurso "El Amor" de Metrovías y que no compitió y que actualmente está colgada en la redacción de LMDMV, es la que cierra la serie. Muestra una salida a la imagen que prevalece en los escraches, nada más y nada menos que la soledad.




Paso al frente



1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una
Luna que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra.



II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.