
Sólo le dijo una frase. “Soy un hombre solo y triste”, le dijo que le dijo. Él no se acordó.
- ¿Por qué habría de decirte una cosa así?
- Te sentirás así – le dijo ella. – Pero nunca más te emborraches conmigo –
- Ok. Te juro que no me acuerdo. –
Cuando se despertó, no recordaba nada. Como tantas veces, ya entrenado en amaneceres post-mortem, arrancó con la trabajosa tarea de recordar, de reconstruir imágenes, sonidos, que casi siempre se emprendía al mismo tiempo que encaraba un par de aspirinas y un sifón de soda fría. Después, buscaría por la casa alguna señal de vómito, algún desmán. Una silla rota. Un vaso reventado por el living, como esa vez que se despertó peor todavía, y cuando se dio cuenta tenía nueve astillas de vidrio clavadas en la planta del pie.
“Borracho de mierda”, dijo en voz alta. La ropa que llevaba la noche anterior seguía ahí, puesta. Menos el buzo. Recién notó esa falta cuando su novia se lo devolvió, al día siguiente. “Tenía frío y te lo saqué”, le dijo. El resto de la ropa estaba bien. Las zapatillas no parecían vomitadas, las botamangas tampoco. Buena señal. Apretó sus dientes, pero no estaban gomosos. No había vomitado: seguro que en lugar de aliviarle la tarea a su sistema digestivo, el muy borracho se durmió, el hígado había procesado litros de alcohol, y lo seguiría haciendo por días. El reverso de los ojos le dolía. No entendía cómo, pero le dolía. No pudo ver televisión hasta el lunes.
Siguió la reconstrucción, y empezaron a aparecer cosas. Sueltas, todas. Desordenadas. Helado, así se toma el moscatto. Cómo pega. Mi novia está en casa hace veinte minutos, me olvidé. Nos quedamos cortos de alcohol, ¿quién baja? La cena con amigos, en la casa de su primo. Seis cervezas. Fideos con salsa mixta. Se llama moscato. Mirá vos, pega como trompada. Mirá lo que traje. Apa. ¿Esto qué es? Algo distinto. Parece vino. “Nene, vos no estarás en pedo, no?” Te juro mi amor que estoy re bien.
Lo primero que hizo, cuando pudo pensar, fue llamarla.
- Sos un idiota, cómo pudiste hacerme algo así? Ponerte en pedo y decirme esas cosas? Sos un enfermo –
- Sí amor, pero..
- Pero nada.
Sus retos dolían más que la cabeza. ¿Seguiría ahí?
- Peeroo... no te enojes. No me acuerdo nada, en serio. No lo hice a propósito... eh, de verdad... Si yo te quiero, bichi, cómo voy a decirte eso.
- Anda a la mierda!-
- Este, qué te dije, exactamente...
- A la mierda, dije!
- Eso te dije?
- No, eso te digo yo!
Y cortó.
Se agarró la cabeza. El primo todavía estaba dormido, pero al séptimo timbrazo contestó el teléfono. “Cómo que te pusiste en pedo? Si para ponerte en pedo a vos hay que darte con etílico más o menos...” Momento. “¿Cómo estabas? Joya, si te fuiste de acá al pelo, ni tambaleabas.” Ah, no? “No, parecias sobrio.”
¿Qué pasaba, entonces? No entendía nada. O el moscatto le había pegado en unas pocas cuadras de caminata o ella lo había narcotizado con sólo mirarlo. ¿Cómo puede uno emborracharse de golpe? No puede. ¿O acaso todos estaban como él, y no lo notaron?
Cuando se sintió mejor, fue a buscarla. Finalmente, ella aflojó. Lo perdonó. No le contó nada de lo que él le dijo esa noche. Pero lo besó. Él nunca recordó.
Un mes más tarde, ella lo dejó.


1 comentario:
Your are Nice. And so is your site! Maybe you need some more pictures. Will return in the near future.
»
Publicar un comentario