1.29.2007

No era ese el sitio, no...

Recordando que harán una estatua al Gordo Soriano en el Cementerio de la Chacarita, recordé inmediatamente una aguafuerte de Arlt. No era ese el sitio para hacerle el homenaje. Soriano debería estar en Página, o en el Almagro de su San Lorenzo querido. A pesar de ello, lo mandan al cementerio, para que esté doblemente enterrado, para que quienes lo visiten tengan que ver un panorama de cruces y muerte.


NO ERA ÉSE EL SITIO, NO...

Hoy, pasando por Garay y Chiclana, he visto la estatua de Florencio Sánchez... Unos perros se husmeaban mutuamente al pie del zócalo, y la desolación del cielo agriamente azul sobre la melenuda cabeza del escritor, se sumaba a la tragedia descolorida de un cartelón amarillo del Ejército de Salvación. Y mirando en torno, las humildes casitas de una planta, con cocinita delantera, me impregnaba de tristeza proletaria. Me dije:

—No; no era ése el sitio, no.

Si el alma vive y conserva sus facultades de discernimiento después de la muerte, se me ocurre que al alma de Florencio Sánchez le hubiera gustado que su estatua la pusieran en la calle Corrientes. En cualquier esquina, frente a algún café.

Sí, a él le hubiera gustado allí.

Para que lo contemplen todas las aprendizas de bataclanas, para que su metal y su espíritu se impregnen del perfume de las hetairas que pasan, y para que lo observaran con amabilidad de viejos amigos las actrices que a la una de la madrugada van a tomar un chocolate en cualquiera de los mil cafés que decoran la calle.

Y se me ocurre que el trágico Florencio Sánchez de Riganelli hubiera terminado de sonreír.

Sí... hubiera sonreído al amanecer, cuando el sol alumbra las cornisas de los rascanubes y la calle, repleta de sombras azules y cajones de basura, ostenta mozos que con delantal de carpintero barren los zaguanes y friegan los mármoles de las “botiglierías”.

Hubiera sonreído cuando, a las once de la mañana, salen las muchachas de las “maisones”, y las trasnochadoras, con ojos todavía hinchados de sueño, asoman a los balcones de sus departamentos para “ver cómo se presenta el día”.

Y Florencio Sánchez no hubiera estado solo.

Le haría compañía el tráfico fenomenal de la calle típica. Los muchachos cabelludos, desde el interior de algún café, lo mirarían pensando: “Algún día seremos como vos”, y las viejas actrices, las que están laminadas y trasijadas de escenario y descoloridas por las candilejas, recordándolo pasarían diciendo: “Cómo le gustaban las mujeres. Y más que las mujeres, el arte.”

Y Florencio Sánchez no hubiera estado solo.

Tendría la compañía de sus hermanos los canillitas, los canillitas de la calle Corrientes, que cuando ofrecen una revista a una bataclana lo hacen con el mismo gesto que si le regalaran un ramo de flores. Tendría la compañía de los vigilantes de la calle Corrientes, que cuando ven pasar a sus habituales vecinas, las muchachas de “las cinco de la tarde a las cinco de la mañana”, las saludan amablemente, como si ellos fueran sus amigos. Tendría la compañía de los solemnes vagos y “squenunes” de la urbe, que desde las tres de la tarde a las cuatro de la mañana, se atornillan en las mesas a charlar de nada, de todo, de mucho y de nada.

Y Florencio estaría contento. Me jugaría la cabeza que estaría contento. En su cuerpo de bronce penetraría el calor de tanta mirada de mujer emperifollada y perfumada, tanta sonrisa amable de milongueras y malandrines despertaría su sonrisa. Y estaría siempre acompañado. De sol a sol y de luna a luna escucharía el estrépito de los automóviles bacanes, el ruido de la multitud que entra y sale de los veinte cines y teatros de la calle; recibiría el saludo de los autores noveles, que recién estrenan y que al pasar le dirían:

—Chau, hermano. Algún día te haremos compañía.

Y Florencio estaría contento.

Contento de escuchar las discusiones de los actores que van a tomar el vermouth a la una de la tarde, para almorzar a las dos; regocijado de oír a las tres de la tarde, en la vereda, el taconeo de las grelas que van a comprar yerba para cebarle mate a sus señores de horca, palo y leña; y su espíritu toleraría festivamente el discurso que un poeta borracho, regoldando vino, le largaría un amanecer. Sí, sonreiría. No les quede duda alguna. Porque él amaba la sustancia rea de esta ciudad tan macanuda.

No era un hombre serio que mereciera tener estatua en la avenida Alvear, o en la plaza Constitución. Ni tampoco allí, en Chiclana, junto al desolado cartón amarillo del Ejército de Salvación. No, ¡por Dios! Si Florencio pudiera resucitar, protestaría. Diría que no quiere salvarse. Que si le quieren poner estatua, que... bueno, que lo ubiquen: pero en la calle Corrientes, en la calle más linda del mundo... a la sombra de los teatros, a la vista de las muchachas que se pintan los ojos, los labios y el corazón, y que noche tras noche florecen a la luz de aluminio de la luna y a la luz verde, roja y azul de los cientos de letreros luminosos invitando a pensar que la vida es linda, que las mujeres son buenas y los hombres fraternos.

Sí. A Florencio le hubiera gustado allí... (y si me guardan el secreto), a diez metros del Politeama de ladrillos chocolate y techo complicado, como el puente de un navío

1 comentario:

José H. Nieto dijo...

En el año 1974 yo vivía en Buenos Aires, y si la memoria no me falla la estatua de Florencio Sánchez estaba en la calle Corrientes, a la entrada del Teatro Municipal...