
La Feliz era una fiesta, o quizás un quilombo de gente que iba y venía de un lado para el otro. Estoy en Mar del Plata, hermosa ciudad balnearia de la Provincia de Buenos Aires, donde un gran optimismo llena el aire mientras no caigan del cielo soretes de punta y las calles no se inunden de repente.
Acusan los diarios que este verano es el más soleado de la década. Pero qué bien che. Los comerciantes aseguran que nunca juntaron tanto dinero. Blumberg no junta ni mil gatos locos para manifestar que nunca la ciudad fue tan insegura, aunque los índices estadísticos revelen lo contrario y marquen los robos de temporada como lo que son: temporarios.
En Mar del Plata viven - durante el año, en estado de normalidad - 300 mil personas, aproximadamente, y lo digo de memoria. Sepan disculpar si la pifio. Pero en este momento, promediando la segunda quincena de enero, dicen los diarios, la cantidad de personas en este pedazo de patria es un millón.
Es rarísimo ver cómo la gente va toda para un mismo lado. En la peatonal San Martín todos van en una dirección o la otra. Las plazas y diagonales que nacen al final de la peatonal no tienen casi gente. ¿Acaso los turistas se quedan en el molde? Nadie pasea más allá de lo que conoce, y pocos conocen algo nuevo.
Los cines de la peatonal están saturados. Los otros, no, y se puede ir a ver cualquier peli sobre la hora sin terminar en la primera fila. Algo parecido ocurre con los teatros. Los teatros del centro están a sala llena, mientras que los teatros under o barriales - con muy buenas propuestas - a veces dan sala para muy poca gente.
La torre del agua mide 70 metros de altura. Hecha de concreto y revestida con piedra Mar del Plata, se le reconoce un estilo Tudor realmente impecable. Destaca en el cielo, hacia la Loma Stella Maris, y de 8 a 14 se puede subir al mirador que la encumbra sin pagar ni un centavo. Lo mejor de todo es que funciona como tanque de agua para las viviendas del centro, y por ese motivo en su interior el aire es fresco, ideal para cuando la ciudad arde. Sin embargo, sólo un puñado de turistas sube a la torre para ver la hermosa ciudad desde el aire.
En el Puerto, se puede visitar el Museo de Submarinos, la Escollera Sur, la reserva de Lobos, se puede comer pescado y mariscos frescos en la carpa de la Fiesta Nacional de los Pescadores, abierta hasta el 28 de febrero, y muchas cosas más. Sin embargo, la gente se acumula (porque no se reúne, ni de junta: se estanca) en el Centro, en la Rambla del Casino, en La Perla.
Las playas Varese, Chica y Grande están en estado óptimo para meterse al mar, nadar, bucear, subirse a una banana o tirarse al sol. Hay gente, bastante más que en otros balnearios, okay. Pero se puede estar lo más bien, como dicen en casa. Sin embargo, miles y miles de turistas se suben al auto para ir a las playas del complejo Punta Mogotes o del Faro. Miles de personas estancadas en la avenida doble que va para ese lado. Miles y miles de autos que de un lado para el otro se estancan como en Buenos Aires. Los colectivos colapsan y la gente espera por horas en esos balnearios lejanos de sus departamentos mientras el sol baja y el frío comienza a acechar. Los que hacen a tiempo de tomar el bondi, viajan cual ganado o peor. ¿Por qué la gente no alquila vivienda cerca de la playa, y chau?
No: en Mar del Plata todos se meten de nariz en el Centro. Todos quieren "el pleno Centro", como si aquello los salvara de alguna catástrofe. Están allí todos juntos cuando la luz se corta, cuando el agua colapsa y no salen más que gotas de la canilla, cuando el cielo colapsa y no dan abasto las bocas de tormenta.
Mar del Plata es hermosa, aunque los turistas no se enteran. Se mueven cual ganado de un lado al otro. Los hoteles y departamentos del trocen no dan más. En los barrios, muy bien conectados con otras líneas de colectivos que por momentos van vacías, los precios son más bajos y hay vacantes para los veraneantes.
Pero todos al centro. Todos ahí, tratando de nuclearse en una masa uniforme que hace cola para comer en un solo restaurant, todos en uno. Claro que no es uno, pero son los mismos cien restaurantes cuando la ciudad tiene miles. A cinco cuadras del centro alcanza con entrar al salón y sentarse. Después no se quejen si la Feliz les mostró su cara ruda. Es una gran ciudad, no te quedes parado en la puerta.


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