10.11.2006

Asesinato en Moscú



por Astrit Dakli / 08/10/06

No es difícil matar a periodistas. Su oficio les expone al odio, y circulan indefensos por el mundo. Se puede, además, usar su asesinato a modo de regalo de cumpleaños, como éste que Vladimir Putin ha recibido ayer por sus 54 años: la cabeza de Anna Politkovskaja, la más feroz crítica de su régimen. Bien es verdad que se trata de un regalo envenenado, ya lo haya ordenado él mismo, o se lo hayan hecho otros: todos atribuirán igualmente al presidente ruso la responsabilidad de este asesinato, y ni siquiera para un ex agente de la KGB resulta agradable ver la propia firma al pie de un homicidio ilustre –por mucho que, en Rusia, matar periodistas incómodos sea ya una tradición—.

Poco importa si, como es probable, la idea y la realización de este delito vienen de las altas esferas de las fuerzas armadas (cuya ferocidad, incompetencia y avidez de dinero y poder puso Anna Politkovskaja al desnudo demasiadas veces), más que directamente del Kremlin.
Ciertamente, no habrá sido demasiado difícil matar a esta periodista. Disparar en el ascensor de su casa a una mujer privada de toda defensa es un juego de niños; en lo que toca a la investigación del crimen, ya el hecho de que el homicida no tuviera el menor empacho en abandonar allí mismo la pistola y los cartuchos y dejarse ver por algunos testigos, da a entender que no llegarán muy lejos las pesquisas. Por lo demás, difícilmente levantará este homicidio oleadas de indignación. Quien denuncia los crímenes de los militares en Chechenia o la colusión entre mafiosos, jueces y políticos no es muy popular: es sólo un/a “hinchapelotas”, según se definía elegantemente a Anna.

En los pasados meses, Vladimir Putin ha hecho una limpieza en la Fiscalía general, que venía siendo acusada de mucho tiempo atrás desde todos los lados (también por Anna Politkovskaja) de estar demasiado al servicio del Kremlin: pero los recién llegados, empezando por el Fiscal general del Tribunal supremo, son aún más fieles al presidente que los que acaban de ser substituidos. ¿Quiere alguien apostar sobre los resultados de la investigación en curso?
Nunca es difícil matar a periodistas, sobretodo si son personas libres que quieren llevar el desempeño de su oficio hasta el fondo y contar las cosas que el poder –el de los grandes jefes mundiales, lo mismo que el del pequeño matón de barrio— quiere mantener ocultas.

Dos ejemplos frescos: ayer, en el norte de Kabul, en una zona que el régimen afgano y la OTAN definen como “tranquila” y que está controlada por los señores de la guerra locales, han sido asesinados dos reporteros alemanes de la Deutsche Welle. Querían ver qué pasaba allí; obviamente, iban sin escolta de ningún tipo. El mes pasado, en una cárcel de Ashgabad (Turkmenistán) fue asesinada Ogulsapar Muradova, periodista turkmena muy crítica del régimen de satrapía impuesto por Saparmurat Niyazov a su país: no estaba acusada de nada, pero su voz fastidiaba; mejor arrestarla y estrangularla, sin siquiera simular, como en casa del amigo Putin, un homicidio obra de desconocidos.


Post scriptum.- La política de los editores y propietarios de periódicos ante los periodistas aquí, en Italia, revela (sin sangre ni violencia, verdad es) la misma ansia de normalizar y conformar que anda por detrás del homicidio de Moscú. Los días del blackout informativo que llevamos a las espaldas –la huelga de los periodistas contra el precariado rampante y a favor de un nuevo contrato— atestiguan que también en las redacciones de los países “libres” resultan preferibles más dedos obedientes sobre el teclado y menos cabezas libres que piensen por su cuenta. No es una hermosa perspectiva.
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Astrit Dakli ha sido muchos años corresponsal del cotidiano comunista italiano Il Manifesto en Moscú

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