
Las chicas de Rosario viven preocupadas.
Se acoquetan, se embadurnan, se colorean, y todo para que nadie se entere que aquella máxima...
Las petisas culonas lo mueven de tal manera que resulte menos cuadrado al ojo humano, para que un mirón distraído confunda aquel paquete de yerba con un duraznito recién cortado de la planta.
Las flacas larguiruchas rellenan el corpiño con lo que pueden, y sacan pecho como el Juampi Sorín bajando a tierra un pase de media cancha. Algunas, incluso, engañan durante años a sus pretendientes, que caminan airosos por la peatonal Córdoba creyendo que sus futuras esposas realmente tienen 90 y pico bajo el sweater.
Las gorditas... qué decir de las gorditas! Antes que nada, han quedado en esa forma por darle sin asco a los Carlitos, maravillosa versión del sángüich tostado. Ellas son muchas y copan la ciudad, y son atrevidas, tanto que escandalizan al varón desprevenido mostrando pechuga fláxida, llueva, truene o relampaguée. Las gorditas son lanzadas, piolas, simpáticas. Prefieren los asados a la orilla del río y las pastas de la nona a salir a trotas mirando el Paraná.
Sin embargo, hay que entenderlas. Todas tienen un gran peso en las espaldas. Cada visitante las mira con ojos redondos, buscando entre su ordinaria existencia la belleza de varias sirenas juntas. Los porteños que andan de paso las increpan con la mirada, buscando una justificación para todas las veces que olleron decir que ellas eran las más lindas del mundo, y sin embargo...
Cada tanto la regla falla, y un brutal minón deja a los huevones paralizados. Pero eso ocurre con la misma frecuencia que en Buenos Aires, o Córdoba (capiiital), o Mendoza. Pero es uno, y entre el minón - que parece de fantasía - y las hordas de feúchas preocupadas, existe el ancho del río de diferencia. Y entre la diferencia no se ven, tampoco, muchachas medianamente lindas, esas que creemos bonitas a su manera, distintas pero parecidas, y que - optimistas - creemos que podemos encarar con suerte.
Oh, no. No son las rosarinas todo eso que decían. O será que todas las rosarinas sirenescas caminan por la Avenida Santa Fe de Buenos Aires (ahí sí que se oye el canto...), y se han mimetizado con las bellas porteñas, mientras nosotros pensamos "Pucha, qué minas que hay en este pueblo".


1 comentario:
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