No es fácil crecer en el centro. Porque los centros son donde las cosas más se sienten, casi siempre. Un dolor tiene un centro, dicen los comerciales de analgésicos. Una bomba tiene un núcleo, dicen en la escuela. Un barrio también tiene un centro, y el 18 de julio de 1994 el centro del mío voló a la mierda.
Veamos: hoy hace 12 años que voló la AMIA. ¿Qué hacía yo entonces? Hace 12 años yo sentía la misma aversión que ahora por salir de la cálida cama para empezar una gélida mañana invernal. Me acurrucaba en un acolchado de Los Cazafantasmas y miraba una tele equipada con una consola de videojuegos Sega Mega Drive que me entretenía largas horas. Era un chico de clase media en los divertidos noventas, ni más ni menos. Disfrutaba desde la cama las vacaciones de invierno, sin extrañar para nada el colegio de curas al que asistía.
El ventanal del 10mo piso "D" donde vivíamos daba a un contrafrente vacío: sólo 2 edificios más en toda la manzana habían crecido más de 4 ó 5 pisos. Allí, desde mi palco presidencial, se podía ver El Once en todo su esplendor. Desde casa quedaba a mis pies la manzana de Sarmiento, Uriburu, Corrientes y Junín; más allá se podía llegar a ver casi hasta el Abasto.
Pocos minutos antes de las 10 de ese 18 de julio, mi cuarto tembló. Un buuuuuuuuum terrible, como si se cayera el cielo. Mi edificio entero se sacudió, y con mi abuela nos miramos sin entender nada. Al principio me asusté. Cuando todo quedó en silencio, me asusté más.
Unos segundos bastaron para que los dos pensemos "otra vez", y que nos asomemos al ventanal. Segundos más tarde, ni siquiera minutos, sirenas. Miles, millones. Muchas más de las que uno eligiría oír.
Enseguida pusimos las noticias, y al poco tiempo me enteré que existía un lugar llamado "Amia" y que quedaba a pocas cuadras de casa, y que ya no estaba más.
El día transcurrió extraño, como esos días en que algo definitivo pasa, pero no te pasa a vos. A la tarde bajé con mi mamá a comprar, al mercado ya inexistente, ya un estacionamiento, de la calle Sarmiento, junto a Hebraica. Pude ver las primeras reacciones. La gente que no pertenecía a la colectividad atacaba abiertamente a los judíos del barrio, como si no fueran vecinos los que habían muerto. Las familias católicas - que representaban casi la totalidad de mis relaciones sociales - criticaban abiertamente la política exterior de Israel y los conflictos internacionales que generaba en lugares tan remotos como Balvanera y Retiro. Por supuesto que los comentarios no se hacían desde lo político, sino desde la xenofobia.
Los días siguientes al atentado fueron de miedo. Un "problema judío", como insistían en calificarlo amigos y familiares, había metido miedo en todo en barrio, por lo cual más que nunca era un barrio judío donde nosotros, los otros, teníamos la mala suerte de vivir, estudiar y trabajar. Durante un tiempo dejamos de sentir al queridísimo Once, la porteña Balvanera, como algo nuestro. Era de ellos, por sus bombas y sus problemas.
Hasta los recorridos para ir hasta la escuela habían cambiado: ahora los caminos eran largos para evitar escuelas y mutuales semitas, clubes y centros culturales. La división era total: algunas veredas sólo eran transitadas por quienes asistían a las instituciones. Muchos se animaban a ir por una cuadra con concreto que crecía de la vereda, pero siempre iban de la vereda de enfrente, como si eso sirviera de algo en medio del infierno.
Incluso recuerdo la especulación - completamente arbitraria - que se hacía sobre las propiedades: de nada servía comprar un departamento, por barato que fuese, frente a un club judío como Hebraica porque iba a explotar tarde o temprano, como si las bombas de tiempo ya estuviesen plantadas y contando los segundos. La gente decía "no compres en ese edificio, porque cualquier día de estos explota el de enfrente". Y en más de un caso expresiones así habrán sido enunciadas con deseo.
El barrio estuvo sumido en esa paz reflexiba por un par de años. Pero hubo un día en que todo volvió a la normalidad. Todo fue pasando, porque nadie puede ponerse paranóico con camionetas Traffic en un barrio que vive de la carga y descarga de productos chinos. Además, con la llegada del Mossad se terminó el problema. Esos nenes musculosos y con auricular llegados de Israel daban más seguridad que la policía. Las señoras “goim” al principio los miraban como si fueran el enemigo, pero los muchachos supieron ganarse el respeto de todos los vecinos al intervenir en conflictos delictivos de distinta índole. Llegó un momento en que la vigilancia en las instituciones de la colectividad era tan fuerte y el sentimiento de seguridad tan pobre, que la gente quería vivir o tener el local cerca, a media cuadra en lo posible, para que su vida esté vigilada. Puedo decirlo: en 19 años, a un amigo que tiene comercio en Uriburu y Sarmiento – en diagonal a Hebraica- jamás le robaron.
Pasados los años, y una vez superado el miedo, traté de comprender el por qué del atentado.
Mucha gente se explica que la AMIA voló por la guerra abierta entre el mundo árabe e Israel por el territorio palestino, pero en la mayoría de los casos las represalias son allá, en Oriente Medio, a nivel local y a una escala pequeña. Los ataques contra colectivos son incomparables con un atentado como el de la AMIA. Chicos que se inmolan en Gaza o Tel Aviv, cosas así. O sea: sin grandes posibilidades operacionales, a nivel local, sin apoyo de instituciones foráneas a la causa. Esos golpes son planificados en un sótano, ejecutados a lo bonzo. Por eso vale preguntarse si un atentado tan importante no podría responder a alguna represalia distinta a la intifada, lejana a la guerra de las piedras que tan bien mostró Jorge Lanata. Vale la pena preguntarse, al menos, qué sentido tenía golpear Buenos Aires, si lo que los palestinos quieren es recuperar Palestina, valga la redundancia.
Es muy curioso que a 12 años, nadie pregunte el porqué, más allá de que todos denuncian la conexión local, de la iraní, del testigo C, de Galeano, de Menem, de Ribelli... ¿Por qué alguien querría volar un edificio del Once, en Buenos Aires? ¿Qué conseguían en Palestina volando los buenos aires por los aires?
¿Por qué pusieron una bomba en la AMIA?
Según Juan Salinas, un periodista que trabajó en el tema AMIA-Embajada durante más de 10 años y que escribió el libro "AMIA: quiénes son los culpables y por qué están sueltos", el atentado no era contra la AMIA, sino contra la DAIA que funcionaba en el mismo edificio. En otro de sus libros llamado "Narcos, banqueros y criminales", Salinas revela cuál sería - según sus estimaciones - el móvil más creíble para ejecutar semejante matanza. Rubén Beraja se habría quedado con un vuelto en un proceso de lavado de dinero proveniente del tráfico de armas, así como se quedó con los fondos del Banco Mayo y demás estafas que este señor ejecutó tranquilamente. Por eso habrían volado la AMIA: para cobrarse en sangre una deuda contraída cuando la banca israelí lavaba dinero sucio.
¿Cómo pusieron la bomba en la AMIA?
Aparentemente, no en camioneta. La única testigo que ve la camioneta era enfermera de la Policía Federal, y según reconoció en su declaración, fue a declarar porque la Fuerza se lo pidió. Ella dice haber visto una camioneta beige con volante a la derecha, somo si de London se tratase. O sea que no ve 3 monos arriba de un burro. De 10 comerciantes de la cuadra de la AMIA que estaban mirando a la calle en ese momento, ninguno recuerda la camioneta. Pero coinciden con otros 200 testigos que allí había un volquete, y que algún tipo de remodelación se estaba haciendo en la mutual. Sin embargo nadie investigó por ese lado, porque eso sería reconocer que las defensas fallaron o que el golpe vino de adentro, que las bombas podrían haber entrado al edificio en bolsas de materiales. Tampoco nadie reconoce que la investigación fue forzada para dar gato por liebre cuando la liebre era coja y podía ser atrapada con facilidad.
¿Por qué nadie investigó esto?
Simple: porque la DAIA tendría que reconocer que lavaba dinero proveniente de negocios turbios.
¿Por qué entonces el menemismo lo encubrió?
Porque el menemismo era la otra parte del lavado de guita negra, sino socio de los que comerciaban drogas o armas. Por ende, socio de la DAIA - ni que hablar de gente como Al Kassar - en negocios turbios, como lo hizo también en otros casos.
Comprenderlo
Lejos de encontrarme en la situación de hace 12 años, hoy siento una gran tristeza al ver a la comunidad judía argentina perdida entre el llanto y la incapacidad de buscar al causante de la tragedia puertas adentro. Una comunidad tan fuerte, tan luchadora y que tanto hizo por el barrio desde lo cultural, lo económico y lo social – que básicamente hicieron el barrio - hoy se encuentra ante la imposibilidad de ver entre sus miembros a los responsables del cruel atentado. Piden justicia, pero también piden que no cambie la idea que ya quedó marcada a fuego de quién lo hizo, de qué forma y por qué. Piden justicia, pero siguen buscando las causas en Irán y en la sucursal riojana, Anillaco.
El centro de la ciudad es más seguro, o al menos tiene más miedo. Por suerte, la xenofobia cedió paso a la tolerancia. Los vecinos del Once se podían dar el lujo de no tolerar, pero ya no. Es un barrio mundial, como pocos.
Digamos que el foco del dolor persiste. Digamos que los chicos rudos del Mossad son un analgésico potente.
Algo no cambia: la intolerancia de parte de los vecinos judíos hacia cualquier posición distinta a la oficial. Camioneta, razones de siempre, Ribelli, Telleldín, Galeano, Menem. Quien se anime a sugerir que la bomba fue plantada como vendetta por alguna actividad ilegal llevada a cabo desde ahí es calificado inmediatamente de xenófobo, cuando lo que se quiere evitar es justamente esa reacción. Es feo perder la conciencia de vecindad, porque es el estrato de organización más inmediato que tenemos después de la familia.
Hoy, el Once tiene otros rencores, igualmente estúpidos. La discriminación contra los inmigrantes peruanos, por ejemplo. Por eso invito a quien haya llegado hasta aquí, a probar el seviche de La Rica Vicky, en Av. Corrientes, frente al Abasto.



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