Una chica - a la que no veía desde hacía un mes - me contó cómo fueron sus vacaciones en Villa Gesell. La había pasado bien con su familia y una familia amiga más. Había tomado mucho sol en una temporada excepcional que no ha tenido más que uno o dos chaparrones en un mes. Había comido todo lo que había adelgazado antes de ponerse el bikini. La había pasado bien.
Sin embargo, a pesar de que le gusta ir a bailar, no había ido ni una sola noche. "Estaba con mi amiga, y queríamos ir, pero había mal ambiente". Me extrañó ese comentario un tanto clasista.
"¿Mal ambiente?", pregunté. "Sí, muchos chicos de 14, 15, 16 años drogándose en la calle, o borrachos en las esquinas. No había policía por ninguna parte, como en otros años". Le pregunté si con respecto al año pasado ella había notado una disminución en la presencia policial. "El año pasado salíamos tranquilas, porque a cualquier hora había policías, aunque sea en la avenida principal. Este año casi nos roban. La ciudad era un descontrol, había pendejos borrachos y drogados por todas partes. A la policía no se la veía."
Me sorprendió lo que me contaba. Durante años pasé mis veranos en Villa Gesell, donde más de una vez amanecí borrachito frente al mar. Pero no recuerdo que nunca faltara policía en la peatonal, por donde pasan más de 100 mil personas por noche, donde se juntan los chicos y chicas, donde se arman peleas. En fin, donde se corta el bacalao. Y he visto droga, pero la justa y necesaria para que las vacaciones no sean jornadas laborales.
Ella siguió su relato. "En 108 y playa se reunían los chetos, en el parador que tiene un puente. Cuando pasabas por el puente sentías un olor a porro tremendo. Cuando terminaba la noche y salía el sol, todos los chetos se quedaban bailando en el after hours hasta el mediodía del día siguiente. Debían estar empastillados, sino el cuerpo no aguanta".
- ¿Y la policía?
- No te digo que no había policía! Para mí que alguien corre la droga en Villa Gesell y arregló con la policía.
La conversación quedó ahí, pasamos a otro tema y me dediqué a mirarle los ojos. No le dije nada, quizás por conservar su inocencia, pero sospeché de inmediato que si alguien corre droga en los balnearios de la Costa Atlántica, esa debe ser la mejor policía del mundo, La Bonaerense. ¿Quién sabe? Arslanian, quizás...


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